Adios al fotoreportero

ūüĆü Far√°ndula

Carlos Oscar Carrion 1949 - 2014



Adiós a un apasionado del fotoperiodismo

Uno de los profesionales con m√°s trayectoria en Rosario. Carlos Carri√≥n trabaj√≥ los √ļltimos 25 a√Īos en Clar√≠n. Fontanarrosa lo hizo protagonista de uno de sus cuentos



Su manual de estilo no permit√≠a tardanzas. Con √©l, las coberturas period√≠sticas comenzaban mucho antes de la hora se√Īalada. "Dale, vayamos con tiempo as√≠ nos acomodamos bien", era el latiguillo cada vez que hab√≠a un evento programado. Si la coyuntura obligaba a correr, corr√≠a. Para llegar a tiempo, para que nada se interpusiera con la mejor toma, el mejor √°ngulo, el punto de luz adecuado.
Como al f√ļtbol o la reuni√≥n con amigos, Carlos Carri√≥n amaba tomar fotograf√≠as. Cuando ten√≠a cita con las im√°genes no se permit√≠a desaires, demoras. Fue as√≠ hasta su √ļltima nota. El s√°bado falleci√≥ a los 65 a√Īos, tras padecer en los √ļltimos meses una cruenta enfermedad.
En la calle, para sus amigos y colegas, para muchos de los entrevistados que retrat√≥, Carri√≥n era simplemente "El Negro", una marca registrada que apenas contradec√≠a la formalidad de su documento de identidad.      
Accidente en cadena en la autopista Rosario - Buenos Aires. Los hornos de ladrillo provocan un humo espeso que quita la visibilidad de los conductores - Carlos Carri√≥nSu ojo agudo, su c√°mara inquieta, retrataron para Clar√≠n cada episodio resonante ocurrido en Rosario durante casi dos d√©cadas y media. Se inici√≥ en el diario a comienzos de los noventa. Pero su carrera comenz√≥ mucho antes. Public√≥ sus im√°genes en los diarios Ol√©, Popular, Rosario y Democracia; en agencias nacionales e internacionales –TelAm, Diarios y Noticias (DyN), Noticias Argentinas (NA) y France Press– o en la revista Vasto Mundo, entre otras publicaciones.
Era uno de los reporteros gr√°ficos con m√°s extensa trayectoria en Rosario. Particip√≥ en diversas muestras anuales de reporteros gr√°ficos argentinos. En su b√ļsqueda art√≠stica lleg√≥ a exponer fotograf√≠as bajo un tratamiento que las asemejaba a pinturas.
Su nombre, su reconocida fama de avezado reportero gráfico, lo convirtieron incluso en protagonista de uno de los cuentos más afamados de Roberto Fontanarrosa, "La mesa de los galanes". La pluma del escritor rosarino retrataba en ese texto a un fotógrafo de la revista "Cablemundo" al que llamó simplemente el Negro Carrión.
El relato cuenta las andanzas de un grupo de amigos que intenta, a través de las fotos tomadas por Carrión en un boliche, "desenmascarar" al Francés, un playboy que frecuentaba a los galanes y se daba crédito con sus exageradas andanzas amorosas.
Fontanarrosa, un hombre que mantenía una afectuosa relación con el Carrión de carne y hueso, lo describía en el cuento como "profesional" y "confiable". Carlos Carrión era todo eso, sí. Y mucho más también.
Fuente: Diario Clarín

La despedida en Olé
Condolencias
El Club Atlético Rosario Central envía sus condolencias por el fallecimiento del reportero gráfico Carlos Carrión.
De presencia permanente al costado del campo de juego logró con su impronta retratar momentos inolvidables de la historia de nuestro club.
Querido por sus colegas y respetado por incentivar el arte de la fotografía.
El "Negro" un tipo inolvidable, curioso y detallista. Nuestro fuerte abrazo a familia, amigos y compa√Īeros.
Foto: Marcelo Masuelli
Se nos fue un amigo
Por: Carlos E. Bustos, director periodístico de SuperTry
Falleci√≥ el "Negro" Carlos Carri√≥n, nuestro fot√≥grafo. El hombre que retrat√≥ el rugby de nuestra regi√≥n con esa pasi√≥n tan especial que pone en cada click un fot√≥grafo de prensa, el viejo reportero gr√°fico. Pr√°cticamente hicimos carrera juntos, √©l poniendo el ojo en cada nota y uno tecleando esa realidad. Fueron muchos a√Īos de redacciones, de compartir experiencias, de intercambiar datos, tantos que hasta fue el fot√≥grafo de mi casamiento, hace ya 31 a√Īos. Se nos fue un amigo, compa√Īero de ruta en esto de hacer periodismo.
La mesa de Los Galanes*
Por: Roberto Fontanarrosa
Al Franc√©s lo volvieron a ver en la vereda de en­frente de El Cairo, la tarde en que Ricardo le estaba contando al Zorro sobre el d√≠a aquel en que Moreyra corri√≥ a los putos del ba√Īo con el trapo rejilla.
—Hace mucho que no aparec√≠a ese naipe —inte­rrumpi√≥ su relato Ricardo, estudiando la figura del Franc√©s que estaba conversando animadamente con otro tipo, justo en la esquina del Banco Italiano—. Andaba desaparecido.
—Dejalo —se desinteres√≥ el Zorro mientras se mordisqueaba una u√Īa—. ¿Y, che? —apur√≥ despu√©s, peg√°ndole una palmadita a Ricardo en el brazo—. ¿C√≥mo fue lo del Negro con los trolos?
—No —insisti√≥ Ricardo— Porque antes ca√≠a tupido por ac√°.
—Dejalo, boludo. No le hagas fiestas que por ah√≠ se viene. Contame lo de los trolos.
—Ven√≠a siempre.
—Ya s√©, gil. Si yo tambi√©n ven√≠a. ¿O no ven√≠a yo?
—Claro, antes de que te fueras a Buenos Aires.
—¿Para qu√© lo quer√©s? —murmur√≥ despectivo el Zorro, y volvi√≥ a palmearlo a Ricardo en el brazo—. Contame la del Negro que √©sa es mundial.
Estaban los dos sentados en la Mesa de los Ga­lanes pero un poco antes de la hora habitual de la tertulia (las siete, las siete y media de la tarde) los dos dando la espalda a los ba√Īos, del mismo lado de la mesa, mirando hacia calle Sarmiento. Una muy buena ubicaci√≥n para tener controlada la entrada de la ochava, aunque el Zorro quedaba medio tapado por la columna que estaba a su derecha. La columna donde se hab√≠a colgado la foto enmarcada de la visi­ta del Nano Serrat, foto tras la cual (hasta hac√≠a al­g√ļn tiempo) hab√≠a estado oculto el Peque√Īo Larousse Ilustrado que trajera Malena despu√©s de la seve­ra discusi√≥n armada una noche en derredor del sig­nificado de la palabra "frontispicio".
—¿Vos no estabas, boludo? —retom√≥ Ricardo—. ¿O ya te hab√≠as ido para esa √©poca?
—Ya me hab√≠a ido —sigui√≥ mordisque√°ndose una cut√≠cula el Zorro.
—Uy, yo cre√≠ que ya la sab√≠as. Te acord√°s que el ba√Īo era una convenci√≥n de putos...
El Zorro se encogió de hombros, enarcando las cejas, en una muda afirmación de su conocimiento del tema.
—Hab√≠a horas en que no se pod√≠a ir. Horas pico —record√≥ Ricardo—. En cualquier momento te ma­noteaban el ganso...
—O hab√≠a tipos con los lienzos bajados hasta los tobillos. Con el culo al aire... ¡Para mear! ¡O√≠me!
—Por eso mismo, por eso mismo... Y un d√≠a el Ne­gro Moreyra se calent√≥, se ve que vino alguno a pro­testarle y el Negro se calent√≥ y entro en el ba√Īo a los gritos: "¡Fuera degenerados, que vienen criaturas ac√°!". Y entr√≥ a darles chicotazos con el trapo rejilla...
—¡No me jod√°s! —se ri√≥ el Zorro.
—Meta chicotazos en el culo. H√ļmedo el trapo rejilla ¿viste?
—El Negro es un sue√Īo. El Negro es maravillo­so, es para llev√°rselo a la casa.
—¡La desbandada de los trolos! —Ricardo se sacud√≠a de la risa. ¡Piraron todos para la calle!
Se rieron un rato m√°s. Ricardo volvi√≥ a estudiar al Franc√©s, que segu√≠a en la vereda de enfrente ha­blando con un se√Īor bastante m√°s grande que √©l.
—¿Sigue hablando pelotudeces aqu√©l? —refle­xion√≥, en voz alta—. Siempre bien vestido. Buenas pilchas.
—¿Sigue en playboy, che? —pregunt√≥ el Zorro— ¿Sigue en lindo?
Ricardo frunció la nariz y tardó en contestar, cavilando.
—No s√©... —dijo al fin—. Hace bastante que no lo veo. Andaba medio perdido, te digo. Antes lo sol√≠a ver m√°s a menudo en lo del Pitu, en "Barcelona". O siempre ca√≠a por aqu√≠ con alguna minita.
—Coge para la tribuna, hermano —El Zorro reto­m√≥ el tono despectivo.
—Ah, eso s√≠. Coge para los muchachos.
—Siempre te tra√≠a alguna minita para mostr√°r­tela, para que la vieran ¿eh? ¿Es as√≠ o no es as√≠? La vareaba. Te la mostraba.
—En una de √©sas, hasta por ah√≠ te la ofrec√≠a...
—¡S√≠, s√≠! — enfatiz√≥ el Zorro—. Te la presentaba y despu√©s te dec√≠a: "En una de √©sas, en un tiempito, te la enganch√°s vos"...
—Te abr√≠a una puerta, generoso...
—Te ense√Īaba el know how... ¿eh? ¿eh? El know how te ense√Īaba...
—Pero, ojo... —reivindic√≥, Ricardo—. Que el hombre ha enganchado sus buenas lobas, eh, no nos olvidemos de eso. Te cuento que la ha puesto donde no la pusieron muchos...
—Puede ser, puede ser...
—Cuando se volte√≥ a la Graciela, me acuerdo que el Turco le dec√≠a "Franc√©s, ven√≠ que te beso la verga"... No.. Hay que reconocerle sus m√©ritos al hombre...
—Para la tribuna, Ricardo...
—Es que tiene su pinta, Zorro, dec√≠ la verdad. El Franc√©s tiene su pintita, es agradable —porque no es un burro— es agradable, tiene su auto...
—Ya est√° medio achacado, Ricardo ¿Cu√°ntos a√Īos tendr√° el Franc√©s?
Ricardo mir√≥ al Franc√©s, que ya se estaba despi­diendo, a trav√©s de las ventanas que dan a Santa Fe, estudi√°ndolo.
—Y... tendr√° 45, 46...
—¡M√°s Ricardo! ¿O te cre√©s que nosotros solos cum­plimos a√Īos? El Franc√©s debe estar casi por los 51, 52...
—No creo. Pero miralo... Est√° bien el hijo de puta. Adem√°s, siempre bronceado, no se le han vola­do demasiado las chapas... Yo te digo, es verdad que, de √ļltima, lo he visto poco, y las dos o tres veces que lo he visto en Barcelona, lo he visto solo, solari esta­ba, pero el hombre tiene su chapa. Y con las minas, gana, gana tupido. Porque no es mal tipo, porque es educado con ellas....
—No sabe hacer la "O" ni con el culo de un vaso.
—No es un pensador, de acuerdo... No es un Marcuse... pero....
—Y est√° al pedo, querido. Ha estado siempre al reverend√≠simo pedo —casi estall√≥ el Zorro—. Y eso es fundamental. Para las minas ten√©s que tener tiempo, hermano. Pod√©s tener un coche, un depto, una lancha, una casa en la isla, pero si no ten√©s tiempo cagaste, hermano.
—Eso es verdad.
—Y este tipo no ha laburado en su puta vida.
—Creo que manejaba una f√°brica del padre, al­go as√≠.
—Pero de taquito la manejaba, Ricardo. Nunca hizo un sorete, hermano. Se la pasaba en el Augustus tomando copetines. Lo he visto yo.
—Ahora trabaja. Ahora alguien me dijo que, desde que se le muri√≥ el viejo, se ha tenido que poner m√°s en serio.
—Ser√° una exigencia del Fondo Monetario Internacional, Ricardo —se ri√≥ el Zorro—. Le dijeron al Presi, "Les abrimos las l√≠neas de cr√©dito si labura el Franc√©s". Eso habr√° sido. Hay que tener tiempo para dedicarse full time a las minas, Ricardito ¿O no? ¿O no?
—Vos de envidia.
El Zorro frunció la frente, honesto.
—Puede ser, puede ser. Se ha cogido algunas minas que hac√≠an mucho ruido, lo reconozco.
—La Flaca Viviana ¿te acord√°s? √Čsa que era modelo de Canal 3...
Ricardo miró para afuera.
—Ah√≠ viene —anunci√≥. El Franc√©s cruzaba la calle entrecerrando los ojos, escrutando si adentro del boliche los muchachos estaban en la mesa de siempre.
—Miralo —dijo el Zorro—. No ve un carajo ¿No te digo? Est√° achacado. Dentro de dos meses lo vemos con un bast√≥n blanco. No va a poder cruzar solo —y se puso de pie—. Me voy.
—Vos de envidia, Zorro ¿Te vas? Qu√©date boludo.
—No, no me lo banco. Que te cuente a vos a qu√© mina se cogi√≥ esta semana. Yo me voy.
Sin embargo, el Franc√©s ya entraba por la puer­ta de la esquina y se dirig√≠a directamente hacia la mesa, radiante, sonriente, con un traje liviano clarito, camisa a rayitas y corbata al tono. El Zorro no pudo menos que esperarlo, cambiar un par de salu­dos de rigor, decirle que lo encontraba muy bien, preguntarle si hab√≠a hecho un pacto con el Diablo y luego irse por la puerta que da a Santa Fe.
—Te dejo la silla —le dijo de √ļltima, como justi­ficando su hu√≠da, aunque hab√≠a m√°s de cinco sillas libres. El Franc√©s se sent√≥ frente a Ricardo, no sin antes, prolijo, levantarse levemente los pantalones sobre los muslos, cosa de no arrugarlos demasiado. Tambi√©n hubo otro intercambio m√≠nimo de saluta­ci√≥n y un recorrido r√°pido de la vista del Franc√©s por el recinto, como para comprobar que todo segu√≠a igual pese a su ausencia. Estaba sentado casi en la punta de su silla, la silla un tanto alejada de la mesa, acodado en el nerolite y sin soltar de su mano izquierda un par de carpetas y una agenda. Reci√©n cuando le inform√≥ a Ricardo, "Mir√°, quer√≠a hacerte una pregunta", acerc√≥ la silla y se acomod√≥ bien de frente a √©l, como para quedarse. En ese mismo momento, y al igual que en las comedias livianas del teatro de entretenimiento —casi simult√°neamente con la salida del Zorro por Santa Fe—, entraba el Pitufo por la puerta de la esquina. El Pitufo ven√≠a con ganas de joder y se sent√≥ en la silla en que hab√≠a estado el Zorro. Se alegr√≥ de ver al Franc√©s pero era notorio que su intenci√≥n era hincharle las bolas.
—¿Qu√© haces, Franc√©s? —le dijo—. ¿Es cierto que te hiciste puto?
El Francés se rió.
—Algo de eso hay, Pitu —afirm√≥ con la cabeza, sigui√©ndole el juego.
—Que te hab√≠as hecho trolo... —continu√≥ el Pitu lentificando el ritmo de sus palabras, ir√≥nicamente serio—... que ya no se te paraba... no s√©... Bah, son cosas que dicen los muchachos...
—Y... —explic√≥ el Franc√©s, m√°s previsible, de buen grado pero con menos manejo del humor—. Hay que probar de todo en la vida.
—Que andabas de novio con un muchacho.
—Estoy buscando nuevas experiencias, ¿viste?
—Que te hab√≠an visto tir√°ndole la goma a un tipo en el Parque Urquiza...
El Francés se rió y, volviendo a Ricardo, dio por terminado el momento de la joda.
—O√≠me Ricardo —dijo—. ¿Vos no sabes qui√©n es el fot√≥grafo de la revista de Cablemundo?
Ricardo sac√≥ la mand√≠bula inferior hacia adelan­te, en signo de ignorancia.
—¿De Cablemundo?
—S√≠.
—Ni idea. No. No s√©... ¿Qu√©? ¿Tiene una revista Cablemundo?
—S√≠. Tiene una de esas revistas de la far√°ndula —asesor√≥ el Franc√©s—. Que saca un mont√≥n de pelotudeces. Fotos de la noche rosarina, los boliches, esas cosas...
—S√≠ —corrobor√≥ el Pitufo—. A mi boliche vinie­ron. A sacar fotos.
—De esas fotos que ponen —sigui√≥ el Franc√©s—. "Menganito, Fulanito y Perenganito en la Taberna del Parque" por ejemplo.
—Ah —se enter√≥ Ricardo—. Pero no s√© qui√©n es el fot√≥grafo, Franc√©s. Deber√≠as preguntarle a Carri√≥n.
—¿A qu√© Carri√≥n? ¿El Negro, el fot√≥grafo?
—S√≠. √Čl debe saber. Ac√° se conocen todos.
—¿No sab√©s d√≥nde lo puedo conseguir a Carri√≥n? —el Franc√©s aparec√≠a ahora inopinadamente se­rio.
—¿Para qu√© quer√©s un fot√≥grafo de esa revista, Franc√©s? —el Pitufo se estir√≥ hacia adelante en la mesa y qued√≥ casi con el ment√≥n sobre el nerolite—. A vos te convendr√≠a salir ah√≠, en una de √©sas. Para hacerte un poco de promoci√≥n. Dicen los muchachos que en los √ļltimos tiempos no cazas una mina ni de casualidad.
—S√≠. Seguro —contest√≥ el Franc√©s, serio, sin dar a entender si continuaba con la broma, aproba­ba o la rechazaba de plano—¿Carri√≥n viene por ac√°?
—Suele venir. Suele venir—dijo Ricardo—. Pero no viene siempre, no te puedo asegurar.
El Francés buscó en un bolsillo interior del saco, sacó una billetera, de la billetera tomó una tarjeta y se la dio a Ricardo.
—Mir√°, te dejo mi tarjeta. Ah√≠ est√° mi fono. Si lo ves a Carri√≥n decile por favor que me llame. El debe saber qui√©n es el fot√≥grafo de la revista— Ricardo asinti√≥ con la cabeza—. Que me llame urgente.
Ricardo y el Pitufo miraron al Francés.
—¿Es algo jodido? —se atrevi√≥ Ricardo.
—No. No —vacil√≥ el Franc√©s—. Un laburo que necesito darle.
—¿Para qu√© quer√©s un fot√≥grafo, Franc√©s? — retom√≥ su tono zumb√≥n el Pitu—. ¿Para sacarte una foto porno? ¿O te agarraron en un renuncio fulero? Decime... ¿Te agarraron sent√°ndote en el pelado? Decime... ¿Te plancharon la escarapela?
—Hablando de fotos porno —se sonri√≥ el Fran­c√©s, como aprovechando lo dicho por el Pitu para cambiar el rumbo de la charla—. El otro d√≠a, me voy con una mina al mueble...
El Pitufo se revolvi√≥ en su asiento y pareci√≥ acer­car aun m√°s su cara hacia el Franc√©s.
—Cont√°, cont√° —alent√≥—. Cont√° que me encan­tan esas cosas ¿Qui√©n era la mina?
—Una mina —el Franc√©s espant√≥ una imagina­ria mosca con su mano izquierda, ampar√°ndose en una discreci√≥n quiz√°s real—. Me voy con una mina al mueble...
—Ten√©s que contarnos esas cosas —lo reprendi√≥, tambi√©n ir√≥nico, Ricardo—. Ac√° los muchachos vivi­mos de tus haza√Īas. A nosotros las minas ya no nos dan m√°s bola. Nosotros ya fuimos, Franc√©s.
—Una mina a la que reencontr√© despu√©s de como diez a√Īos —sigui√≥ el Franc√©s—. O sea que era como si fuera una mina nueva ¿Viste? Hab√≠amos tenido nuestros tiroteos en otro tiempo, pero hac√≠a mucho. Entonces, √≠bamos en auto para el mueble, pero en un plan muy ¿c√≥mo decirte? muy civilizado. Pura charla, pura conversaci√≥n...
—Nada de manoteos —aport√≥ Ricardo.
—Ning√ļn chup√≥n en los sem√°foros —complet√≥ el Pitu.
—Nada. Nada. Como si fu√©ramos a hacer un tr√°­mite judicial, a pedir un cr√©dito a un banco. Una cosa as√≠. Hasta te dir√≠a que uno est√° como t√≠mido en esos trances. Bueno. Digamos que hasta que llega­mos al mueble yo no le hab√≠a tocado un pelo a la mina ni ella a m√≠. Hab√≠a una especie de respeto mutuo, digamos. Una cosa elegante. Cuando ya vamos a entrar a la pieza, viene el punto √©se que te cobra la habitaci√≥n, le pago y yo no me doy cuenta pero el tipo, antes de irse, enciende el aparato de televisi√≥n...
—De esos telos con video.
—De √©sos. Bueno... —el Franc√©s se apret√≥ los ojos con la punta de los dedos como queriendo hun­dirse las √≥rbitas dentro del cr√°neo. —Mir√°... Cuando entramos, en la televisi√≥n una mina se estaba chu­pando una poronga... —el Franc√©s observ√≥ la super­ficie de la mesa, mir√≥ las sillas, con el ce√Īo fruncido, como buscando algo—. Mir√° no te miento —midi√≥ con las manos abiertas el ancho de la mesa—. M√°s o menos de este tama√Īo. De este tama√Īo, te juro. Unos 50 cent√≠metros, no te miento....
—Ehhh... —se asombr√≥ Ricardo—. No puede ser ¿No ser√≠a una porno de Spielberg? Eso no es posible. Esos son efectos especiales.
—Son trucos. Ahora se hace cualquier cosa con la fibra de vidrio —dijo el Pitufo.
—Una cosa incre√≠ble —el Franc√©s se comenz√≥ a re√≠r—. ¡Te imagin√°s, yo! Y la mina. Despu√©s de tanta consideraci√≥n del uno hacia el otro, de tanto respe­to... Entr√°s y te encontr√°s con una cosa as√≠...
—Adem√°s —opin√≥ Ricardo—. Las comparacio­nes. Ah√≠ cagaste. Porque despu√©s, cuando uno se baja los lienzos ah√≠ la mina empieza a comparar y vos perd√©s como en la guerra.
—Se te cagan de risa en la cara —se ri√≥ el Pitu­fo.
—Llaman por tel√©fono al conserje para pedir al de la pel√≠cula —sigui√≥ Ricardo.
—Pero te digo —adopt√≥ un tono suficiente el Franc√©s— que, al final, es mejor. Porque las minas se hacen las que se escandalizan pero esas pel√≠culas las vuelven locas...
—Che —presion√≥ el Pitufo—. Cont√° ¿qui√©n era la mina?
—Vos no la conoc√©s —dijo el Franc√©s, gui√Ī√°ndo­le un ojo a Ricardo— ¿Te vas a acordar, Ricardo, de decirle eso a Carri√≥n?
—Le digo, le digo.
—Es importante ¿sab√©s? —El Franc√©s tom√≥ sus carpetas y la agenda como para levantarse. Lo detu­vo nuevamente la requisitoria del Pitufo.
—Para, Franc√©s. Ahora en serio, fuera de joda — el Pitu hab√≠a adoptado un rostro de severidad, aun­que Ricardo detect√≥ que su af√°n de acicatearlo al Franc√©s continuaba intacto—. Lo que yo te dec√≠a antes, eso de que se comentaba de que te hab√≠as vuelto marica y todo eso, era en joda.
—No me hab√≠a dado cuenta —minti√≥ el Franc√©s mir√°ndolo con atenci√≥n.
—Pero ahora de veras. No te veo m√°s con mi­nas, pelotudo ¿Qu√© pasa? ¿Te retiraste de la activi­dad? ¿Ten√©s m√°s trabajo? ¿Las minas est√°n muy ca­gadas con el asunto del Sida? ¿Qu√© pasa?
Una sombra de molestia atravesó la cara del Francés.
—Me muestro menos, Pitufo. Eso es todo.
—Fuera de joda, Franc√©s. Vos sab√©s que ac√° en Rosario todo trasciende. Y me dijeron que se te ve mucho solo. Que te patearon un par de minas...
—¿Qui√©n me pate√≥? —se enoj√≥ el Franc√©s.
—Me dijeron que la Marisa. Que despu√©s la Ne­gra Fraquea te par√≥ la chata... —esto √ļltimo lo dijo el Pitufo en un hilo de voz, como con temor a decir­lo.
—Se habla mucho al pedo, Pitufo.
—Vos perd√≥name si te lo pregunto. Pero es un poco el comentario de los muchachos, de la noche — agreg√≥ compungido el Pitufo. Ricardo lo miraba con los labios apretados, seguro de que el Pitufo estaba disfrutando intensamente el momento.
—Se habla mucho al pedo —repiti√≥ el Franc√©s, como si no tuviera demasiados argumentos—. Lo de Marisa ya te lo voy a contar bien alg√ļn d√≠a, cuando tenga m√°s tiempo. En cuanto a lo de la Negra Fra­quea...
—Yo pensaba que tal vez, cuando se llega a cier­ta edad....
El Franc√©s buf√≥ y se revolvi√≥ en el asiento, ner­vioso. Se hizo un momento de silencio y pareci√≥ que la cosa iba a quedar as√≠. Pero el Franc√©s se inclin√≥ hacia adelante, entrecerr√≥ los ojos y clav√≥ la mirada en el Pitufo.
—¿Quer√©s que te cuente por qu√© ando buscando a este fot√≥grafo? —le dijo adoptando un tono de voz confidencial.
—Contame. Contame.
Ricardo también se aprestó a escuchar.
—Porque me escrach√≥ con una mina con la que yo no ten√≠a que ser visto. Por eso lo ando buscando. Y eso fue antes de anoche.
—¿C√≥mo te escrach√≥?
—Yo estaba en un boliche. Un boliche medio de trampa que est√° all√° por Alem al fondo. Tomando un trago con una mina. Y no me di cuenta de que al la­do m√≠o, adelante, hab√≠an otra mina con algunas pendejas y algunos pendejos, muy chetos todos. Y era temprano, ser√≠an las once de la noche, las doce. Y en eso veo un relampagueo, un flashazo, de una foto. Primero no le di pelota pero despu√©s, calculando, me di cuenta de que desde el lugar donde estaba parado el fot√≥grafo la mesa m√≠a tambi√©n hab√≠a salido. Y que yo y la mina est√°bamos ah√≠ en la foto, seguro. Segu­ro. En un segundo plano, pero est√°bamos. Cuando me di cuenta sal√≠ a buscar al fot√≥grafo pero ya se ha­b√≠a ido. Le pregunt√© al pibe due√Īo del boliche y me dijo que era un fot√≥grafo de la revista de Cablemundo. Habl√© a Cablemundo y no supieron decirme. Em­pec√© a buscarlo por todos lados...
—Pero Franc√©s —titube√≥ el Pitufo—. ¿Y a vos qu√© te calienta salir en una foto? ¿Est√°s casado, vos?
—No, boludo. Pero la mina s√≠.
—Ah. El problema es la mina.
—No solo la mina, Ricardo —se puso grave, el Franc√©s—. El marido de la mina. El marido de la mina. Es un pesado de aquellos. Estaba mezclado en el sindicalismo. Imaginate que salga la foto publica­da en la revista. Que aparezca la foto con "Fulanito y el Pendorcho Garc√≠a en el boliche tal, con Susanita y Menganita". Y atr√°s, en la penumbra, esta mina y yo de bruto atraque tomando una copa. Este tipo me caga a balazos.
—Es jodida la mano —acord√≥ Ricardo.
—Aparte —retom√≥ cierto aire ufano el Fran­c√©s—. Ese tipo me la tiene jurada porque yo ya un par de veces le afan√© alguna novia. Ya me dijo que me iba a matar. Y a esta mina de ahora, que es su esposa legal, la marca bien de cerca porque es una potra de novela.
—Ah...Es as√≠ la cosa —musit√≥ el Pitufo, algo apabullado. Se hizo un silencio. El Franc√©s se puso de pie.
—Si viene el Negro Carri√≥n —advirti√≥, por √ļlti­ma vez—. Decile que me busque, que necesito saber qui√©n es ese fot√≥grafo. Que le compro la foto. El ne­gativo le compro. Pero, o√≠me... que no comente mu­cho el asunto —la advertencia destinada al Negro Carri√≥n iba, impl√≠citamente, para el Pitufo y Ricar­do.
El Franc√©s se fue. Dos minutos despu√©s, como repitiendo el f√°cil recurso de las comedias de enre­dos, apareci√≥ Carri√≥n con su pesado bolso del equipo fotogr√°fico a cuestas. Pitufo no pudo menos que re√≠r­se.
—Esto parece esas obras de t√≠teres —apunt√≥— donde aparece un polic√≠a y le pregunta a los chicos "¿Hacia d√≥nde fue el ladr√≥n, chicos?"
—Y todos gritan "¡Para all√°! ¡Para all√°!" —com­plet√≥ Ricardo, mientras Carri√≥n se sentaba.
—Entonces el polic√≠a se va por un costadito del teatro —sigui√≥ el Pitufo, conocedor— y por el otro, enseguida, entra el ladr√≥n...
—¿Qu√© pasa, che? — pregunt√≥ Carri√≥n, diverti­do.
Pitufo y Ricardo le contaron. Un poco a borbotones, un poco desordenadamente, pero lo impusieron del problema.
—Soy yo el fot√≥grafo de Cablemundo —subray√≥ Carri√≥n finalmente.
—¿Sos vos? —El Pitufo se tir√≥ hacia atr√°s en su silla, a las carcajadas.
—Entonces... ¿Ten√©s la foto? —Ricardo no pod√≠a con su ansiedad.
—Si se la saqu√©, debo tenerla —Carri√≥n levant√≥ el bolso que hab√≠an dejado en el suelo y lo puso en una silla libre al lado suyo—. Pero yo no me acuerdo de este tipo, el Franc√©s.
—Uno alto, boludo —lo ret√≥ el Pitufo—. Medio rubio, siempre bien vestido, que ven√≠a hace mucho.
Carrión lo miró desconcertado.
—No me acuerdo —dijo despu√©s. Y sac√≥ un so­bre de papel manila del bolso—. Ac√° tengo las fotos.
—Mostr√°melas que nosotros te decimos qui√©n es —apur√≥ Ricardo.
—P√°salas, p√°salas —el Pitufo, excitad√≠simo, pr√°cticamente saltaba sobre su asiento. Fueron pa­sando las fotos de mano en mano, ansiosamente. Ca­rri√≥n, de tanto en tanto, les deslizaba el nombre del lugar en el que hab√≠an sido tomadas.
—Hay boliches donde suele estar muy oscuro — advirti√≥—. Y a veces el flash no alcanza para las me­sas de m√°s atr√°s. Por ah√≠ este tipo piensa que yo lo escrach√© y no sali√≥ absolutamente nada.
Las fotos eran una cantidad considerable y tar­daron bastante en pasarlas. Restaban solo dos o tres y, ante las puteadas del Pitufo, el Franc√©s no apare­c√≠a en ninguna.
—¡Aqu√≠ est√°! —estallaron Ricardo y el Pitufo, de pronto y al un√≠sono—. ¡Aqu√≠ est√° el hijo de puta, aqu√≠ est√°!
Carrión torció su cuerpo como una víbora sobre la mesa, para ver la foto.
—Ah s√≠. Eso era en "La Bordalesa" —detall√≥, profesional—. A ver, d√©jame verlo al punto. A ver si lo conozco.
Pitufo le mostr√≥ la foto. Mostraba, efectivamen­te, un grupo juvenil, tomado de cerca, lleno de sonri­sas y pelos largos. Atr√°s, sobre la derecha de la foto y no suficientemente cubiertos por los protagonistas del enfoque, se ve√≠a al Franc√©s n√≠tido, de perfil y a una mujer que hab√≠a mirado frontalmente a la c√°­mara en el momento de la toma.
—Ah s√≠ —pareci√≥ reprocharse a s√≠ mismo, Carri√≥n—. M√°s bien que lo conozco a este tipo. Un fla­co que ven√≠a ac√°.
—Pero la mina, boludo —urgi√≥ Ricardo—. Trae para ver qui√©n es la mina —y le arrebat√≥ la foto. La coloc√≥ frente a √©l sobre la mesa y el Pitufo se le mon­t√≥ pr√°cticamente en un hombro. La expectativa dur√≥ siete segundos. Luego el Pitufo abri√≥ grande los ojos, se puso de pie y grit√≥, se√Īalando hacia abajo: "¡Esa es la gorda Recupero, Ricardo! ¡√Čsa es la Gorda Recupero!"
—¡No! —grit√≥ Ricardo, estupefacto pero ya al borde de la carcajada.
—¡Es la gorda Recupero, boludo, la gorda! —al Pitufo le dio un ataque de algo. Saltaba, giraba co­mo un trompo y se re√≠a al mismo tiempo, con la voz transfigurada por la emoci√≥n.
—¡La gorda Recupero! —confirm√≥ Ricardo, em­pezando tambi√©n a re√≠rse ante la mirada entre aten­ta y divertida de los escasos parroquianos de las otras mesas—. ¡Loco, esto no se puede creer! ¡Claro, es la gorda, est√° un poco distinta con el pelo corto pero es la gorda!
—¿Qui√©n es la gorda? —Carri√≥n contemplaba la escena con alg√ļn desconcierto. Pitufo se hab√≠a vuel­to a sentar pero no cesaba de rascarse la cabeza y acomodarse el pelo, como cuando estaba muy nervio­so. Se tir√≥ hacia adelante sobre la mesa, hacia Carri√≥n.
—Es una gorda espantosa, Negro —lo asesor√≥—. Una gorda que no vale un carajo.
—¡Fea! —puntualiz√≥ Ricardo, ensa√Īado—. Y mal bicho. Ca√≠a siempre cuando yo ten√≠a la pe√Īa y a veces enganchaba a alg√ļn borracho, de √ļltima.
—De bigotes, Negro —continuaba, encarnizado, el Pitufo—. Te juro que tiene unos bigotitos, ac√°, so­bre el labio. Peluda.
—As√≠ —gr√°fico Ricardo, extendiendo su mano derecha, aproximadamente a un metro con cuarenta cent√≠metros del piso—. Una enana...
—¿Y c√≥mo se enganch√≥ este tipo con esta mina? —pregunt√≥, con criterio, Carri√≥n.
—Estar√≠a en pedo —dijo Ricardo.
—¿Que va a estar en pedo Ricardo? —se soli­viant√≥, airado, el Pitufo—. Miralo, no parece en pe­do. Adem√°s, √©l mismo dijo que era temprano, que no eran las doce de la noche...
—Es incre√≠ble —mene√≥ la cabeza Ricardo mi­rando la foto. Flot√≥ un silencio absorto.
—Por eso quer√≠a recuperar el negativo Ricardo —el Pitufo, m√°s calmo, reconstru√≠a ahora el suceso casi recostado sobre la mesa—. Era todo un verso eso de la mina casada y del esposo que lo quer√≠a ma­tar.
—Todo verso. Todo verso. Lo que no quer√≠a era que le di√©ramos la cana o que alguien le diera la ca­na con ese bagre.
—¿Te imagin√°s si esto... —Pitufo elev√≥ la foto como una hostia consagrada— sale publicado en esa revista? A la mierda con la fama de cogedor del Franc√©s. Yo no pensaba que era tan macaneador este hijo de puta.
—Lo que pasa es que vos lo pinchaste, Pitu. Vos lo pinchaste...
—Con la gorda Recupero... —segu√≠a repitiendo Pitufo, sin poder admitirlo.
—¿Y qu√© vas a hacer, Negro? —pregunt√≥ Ricardo a Carri√≥n, que estaba guardando las fotos—. ¿Vas a publicarla?
—Nooo. Por supuesto que no. Total, tengo un mont√≥n. No lo vamos a cagar al hombre justamente con √©sta.
—Claro, ser√≠a una maldad. Ser√≠a destruir la imagen del playboy, el √≠dolo de la mesa.
—No —aprob√≥ el Pitufo—. Rompela. Ser√≠a una guachada publicarle √©sa.
Carri√≥n se levant√≥, ech√°ndose el bolso al hom­bro. Ricardo le alcanz√≥ la tarjeta del Franc√©s.
—Pero llamalo, Negro —le advirti√≥—. Decile que yo te di la tarjeta.
—Y no le digas que nosotros vimos las fotos — rog√≥ el Pitufo—. Por favor no le digas.
—No. Ni loco —prometi√≥ Carri√≥n. Y era un tipo confiable.
Ricardo y el Pitufo se quedaron en silencio. De cuando en cuando Ricardo meneaba la cabeza, se mord√≠a los labios. Al Pitufo, cada tanto, se le dibuja­ba una sonrisa.
—¡Qu√© decadencia, Ricardo! ¡Qu√© fulero, pobre Franc√©s!
—¿Ser√° as√≠ nom√°s, che? ¿Tambi√©n nosotros cae­remos tan bajo?
—A m√≠ ya me hab√≠an dicho algo, te juro. Que ven√≠a medio herido el hombre...
—S√≠, pero hay que estar muy necesitado para engancharse la gorda esa.
—Un √≠dolo con pies de barro, Ricardo.
—No lo comentes en el boliche, hijo de puta.
—No, Ricardo. Vos sab√©s que yo, en esas cosas, soy muy discreto.
—Esper√° que se lo cuente al Zorro ¡Uy c√≥mo se va a poner el Zorro!
—¡A Pedrito, boludo, a Pedrito se lo tenemos que decir!
*De "La Mesa de Los Galanes y otros cuentos"
Carlos Carrión por Carlos Carrión

Lorena Mónica Torres, la madre de David Moreira, el joven que fue asesinado en un linchamiento en Rosario, mostrando la foto de su hijo - Carlos Carrión
Los t√ļneles de la banda de los Monos, en el Sudoeste de Rosario - Carlos Carri√≥n

Plaza vs. San Luis - Carlos Carrión

Marcha de la multisectorial - Carlos Carrión

Fuente Por: Mauro Aguilar

Publicar un comentario

Artículo Anterior Artículo Siguiente